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ELLOS YA ESTABAN AQUI

Por Pablo Varas. Desde Bélgica! - 7 de Noviembre, 2006, 4:34, Categoría: General

     ELLOS YA ESTABAN AQUI...
   
      Publicado
 
         en Journal de la société des Américanistes
         (Paris), t.43,p.234,1954.

Para: Jécar Neghme mirista
           y Adolfo Wasem, tupamaro

Pablo Varas. Bélgica.

Cuando comenzaron a caminar, yo me quedé mirandolos
como se alejaban lentamente. Adolfo daba pasos largos
y el Jecar los que ya le conocíamos. Habían avanzado unos
quince metros cuando sin mirar para atrás el Turco me
levantó la mano izquierda y pensé que esa era su despedida,
como lo hacía siempre, claro que esta fue la última, después
ya no hubieron más. De tarde en tarde me escriben, seguramente
de la misma manera que lo hace con otros, pero eso ya es otra historia.

 

No habíamos terminado la conversación, quedaba todavía
bastante y no había sido culpa mia, era del Jecar, él colocó
el tema y trajo unas fotocopias de lo que había encontrado
en la biblioteca pública de Valdivia, y que trataban de un juicio
al que había sido sometida Juana Catrilaf Calfiñanco acusada
de dar muerta a su abuela Antonia Mallilef, por ser la
responsable de la muerte de su guagua de veinte días de
gota coral, en el mes de junio de 1953. No alcanzamos a
tocar tampoco un documento que había descubierto Toribio
Medina en 1902 y que eran crónicas del fraile Gil González
sobre las conductas de los conquistadores en la zona de la
araucania, es decir Pedro de Valdivia y García Hurtado de Mendoza,
estos dos temas que en apariencia no tenían nada que ver el uno
con el otro sostenía Jecar que estaban estrechamente relacionados,
su ojo de historiador no lo abandonaba ni en los peores momentos,
que pasó sin duda.

Jecar las leyó de manera pausada mientras se encontraba
relegalo en Puerto Cisnes, les tenia aprecio, le habían ayudado
en sus dias de exilio en aquel pueblo lejano, allá en el sur donde
aprendió que las olas del mar, tienen edades, también llegan a
viejas y se mueren, eso fue lo primero que me contó, cuando
estuvo de vuelta luego de haber vivido por tres meses en calle
La Patria 469 en Puerto Cisnes. Claro yo también era del sur,
lo sabía, y él supuso que debería entender lo que me explicaba.

Cuando me comenzó a contar en detalle lo que había visto una tarde,
en sus primeros días en aquellos lugares, que en nada se parecía a
los que recorría cada día en Santiago, mientras estaba sentado
sobre un bote varado en la playa, me sorprendió..

En un primer momento me puse a reir pero Jecar poco a poco
me fue narrando cada detalle, las olas grandes y su tiempo de
llegada a la orilla, que era su trago de vida.  Las olas medianas
y lo mismo, el tamaño de la espuma. Poco a poco me fue amarando
en aquella historia, me fue encantando, él seguía, ponía un argumento
sobre otro y nada se caía, cada palabra estaba relacionada con la
anterior y su estructura era convincente. Cuando buscó un espejo y
colocó sus dos manos extendidas sobre el y vi que tenía veinte dedos
entonces me dijo que él tenía razón, cuando sacó el espejo y me pidió
que le mostrara mis dos manos con los dedos extendidos, él sumó los
suyos a los mios y llegamos a la misma suma. No te olvides nunca
me recordó, que mi abuelo era arabe y las matématicas están como
están porque los arabes les hemos enseñado y se reía. Por ignorantes
me dicen Turco, pero en realidad soy descendiente de inmigrante Sirio,
arabe a mucha honra, pero los perdono decía mientras levantaba la
mano derecha y mostraba el dedo indice a manera de indicación.

Las olas del mar tienen sus edades aunque no lo creas, me
siguió contando. Nacen, remontan otras olas, copulan entre ellas
y en una carrera eterna llegan para saber que son olas cuando se
extienden en las arenas a lo largo de toda su existencia, ese es
su orgasmo, su quejido silencioso y complice. Quise preguntarle
de que me hablaba, pero preferí guardar silencio y dar mi opinión
en alguna pausa que él me la permitiera. Nada cambiaba,
era un apasionado, estaba embobado en ello y en aquella historia,
él seguía subido a ese bote, varado en aquella playa de Puerto Cisnes.

 

Esto me sucedió un martes entrada ya la tarde, me siguió contando.
Había sido un día de desgano cuando decidí salir a caminar por
la playa fue alli cuando me tropezé con don Lincoyán Pérez Latorre
y me contó que lo había encontrado por casualidad, aunque también
no pudo serlo pero así fue.

Yo, siguió narrando Jecar, caminaba cabeza gacha, estaba tan
lejos de las calles de Santiago, creo que debo haberle rozado
el hombro suave cuando levanté la cabeza y me encontré con
aquel hombre que me miraba sonriendo y me preguntó
si donde yo vivía todos caminabamos de esa manera, mirando
el suelo, recuerdo que le expliqué que no, pero que andaba
en ese instante un poco distraído y que mis palabras las estaban
ocupando en un sindicato. Recuerdo me siguió contando,
que don Lincoyan lo tomó suavemente por el hombro y lo invitó
a seguir caminando, y caminé me dijo el Jecar, sin decir palabras,
no las tenía. La noche ya había llegado sin darrme cuenta y la luna
estaba vestida de fiesta, entera y virginable.

Lo escuché cuando me contó, como si fuera en este instante,
que la quinta ola que estaba por llegar a la playa era hermana
de la que nos estaba mojando los pies, hay un relación entre el mar
y tu cuerpo me dijo, por cada diez latidos que da tu corazón una ola
llega a despedirse de nosotros. Ellas tienen otros relojes, se las
disputan las fuerzas del sol y de la luna, pero tiene sus vidas
propias, quise decirle que aquello era un sueño, pero no, Jecar
seguía contandome aquel encuentro con don Lincoyan como
empecinado. Allí aprendí la edades de los tiempos y de las horas,
esas son el mejor reloj me dijo y me dió una razón que hasta hoy de
tarde en tarde me llega y me gustaría sentir, aquello es música pura.

 

Mira me dijo, y en sus explicaciones Jecar era consistente.
Cuando los botes y sus habitantes salen hacia la mar a buscar
el pan que se esconde en las profundidades, las olas se esforzarán
siempre por detenerlo, ellas piensan que fue un hermano que se
conjuró para olvidarlas y que tomó aquella forma y que las mira enojado,
por eso siempre a los botes le cuesta salir de la playa, abandonar las
arenas en las que durmieron un par de horas, creo me dijo, que ahora
entiendo el olor a estopa que todos los botes tienen, debe ser una
especie de camuflaje para que no le reconozcan.

Cuando me contó que don Lincoyan le había descrito con lujos
y detalles cuando él escondido detrás de la barca de don Artemio
Lemuy había visto danzar a la Pincoya mientras el Pincoy tocaba
su flauta le pedi que se detuviera, mis mínimos conocimientos,
mis pequeños acercamientos al conocimiento cientifico, me obligaban
a decirle que estaba tocando fondo, pero nada, es que tampoco
yo quería que aquello terminara, esas historias también eran las mias
en las playas de Ten Ten en Castro, en los veranos de los cincuenta
y también en las que estaban enfrente.

Él Jecar estaba un poco más al sur, Puerto Cisne se llamaba.

Todo aquello lo pensé mientras los veía alejarse a los dos claro
y de Adolfo que ya se perdía en aquel recodo me acordé de sus
mates obligados por tantos años sin poder ver el Rio de la Plata,
de ese impulso a beberlo, soñando con esos otros orientales que
caminaban erguidos por el penal de Libertad en Montevideo. Adolfo
necesitaba  tener en su mano aquel brebaje que lo hacía dueño
de su historia, mientras entre cada chupada se pasaba la mano
por sus cabellos que rebeldes se le dejaban caer debajo de la frente.
Nos vimos una sola vez y hablamos de los candombes y de eso si
que sabía el hombre, pero tambien sabía mucho de historia. 

Cuando Adolfo me comenzó con el origen de la carne, de como
nacen aquellos animales, de que pastos de nutren,  que sueña cada
animal en la pampa sin saber que destino lo espera, de los estancieros
y sus ambiciones, de como se sucede aquella muerte violenta, sin
saber por qué y hacia donde partirá, sin que nadie le haya explicado
ninguna historia celestial, obligadamente le arranqué a una buena
presa en mi plato y le hice el comentario. Adolfo se rió, y me dijo
que él sentía la misma pasión, pero que aquella reflección había sido
hecha después de la cena, pero que tenía validez y que pienso ahora
que me hermana a estos dos locos, esto lo pensaba mientras ellos
se me hacían más pequeños, Jecar y Adolfo en algunos instantes se
detenian y se miraban frente a frente, sabían que estaban
discutiendo y así como avanzaban sabía también que no los alcanzaría,
porque cuando me miré los pies ellos me los habían amarrado a las
raices de un árbol, y que aquello comenzó como un juego sin dar
muchas explicaciones.

De no ser que han pasado algunos años no habiera entendido
cuando Adolfo me dijo que la muerte era una perra mala y que a
él  le había ganado en una partida de cartas marcadas, porque
eso fue, así se pasaron las cosas me contó.

La vi cuando me vino a buscar y yo no quería que fuera en ese
instante ni de esa manera, tan desvalído, tan sin defensas, con
tantos argumentos y razones pero sin una hoja donde dejarlos
escritos, con una vainilla vacia en el centro de mi mano, entonces
fue cuando descubrí que cerrando los ojos y pensando fuerte se
puede escribir en los vientos, aproveché que la ventana de mi
habitación estaba abierta en aquel hospital militar, para alcanzar
a escribir que dejaba a todos, tomo mi amor repartido, a mi mujer
y mi hijo, al Viejo, a los otros once históricos que hablaban y se
contaban sus sueños dando golpecitos en la murallas. 

 
Claro que he llorado, pero lloré de nuevo y yo que había prometido
que aquel arranque de emociones estaba suprimido como una
orden de la dictadura. Por llorar me convertí en subversivo, no
me quedó otra alternativa, entonces asocié de  manera extraña
seguramente, que cada lágrima que sale es una ola llegando a vieja 
y a sus despedidas, al camino que hacían las vacas también
camino a los mataderos, como también me lo recordó Adolfo.

 
Ya estaban bastante lejos y los dos se hacían pequeños en mi
mirada que tienes ojos de un ciego parado en el primer escalón
en la entrada la iglesia, con la mano extendida para sentir la
pieza que cae, indigna y mezquina. 

No sé como se habrán juntado ni tampoco entendí como estaban
los dos hablando, el Jecar y Adolfo, pero eso debe ser sin duda
campanazos de relojes que andan trayendo ellos en sus bolsillos
y que guardan en celosos tiempos para reconocerse.   

 

 

 





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