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21 de Mayo, 2009

EL CIELO DEL POETA...

Por GIOCONDA BELLI. - 21 de Mayo, 2009, 5:48, Categoría: General



 EL CIELO DEL POETA.

   Por Gioconda Belli



  A Mario Benedetti no se le notaba que era poeta. Era un hombre
de mediana estatura, la espalda un poco encorvada, el rostro quieto
y observador, el bigote quizás era lo único que lo delataba como
alguien con un sentido especial de sí mismo. En las reuniones, no era
el más chispa, ni el más sonoro. Lo miraba todo con ojos de conocedor,
pero sin hacer alarde de su hondura o su sabiduría.
> Sonreía con esa melancolía propia de la gente del Sur, gente que ha
sufrido y que se toma la alegría y la risa con su gramo de sal, pero sin
escatimar la plena importancia de la gracia de quienes saben hacer reír.
Era un partícipe amable de las reuniones, sin un ápice de arrogancia,
sin compulsión alguna por llamar la atención. Iba y venía con el ánimo
del grupo sin perder su centro, sus ojillos de liebre atentos al movimiento:
un hombre interior que se bebía el mundo callado y sin estridencias.
>
> Cuando lo conocí en La Habana, en 1981, en la Casa de las Américas,
en su oficina, quise decirle y creo que le dije, lo mucho que me había acompañado.
> Recordaba noches enteras de mi exilio en México y en Costa Rica,
leyéndolo ávidamente. Su poesía era de esas que me ponían la piel tierna.
Le dije que sus poemas eran como el gatillo de una pistola que se disparaba
dentro de mí y me llenaba de palabras, de ecos. No había vez que no lo leyera
sin que me poseyera el deseo de escribir poemas también. Y era porque me
ponía la piel suave, me abría el camino hacia una intimidad que me revelaba
cosas de mí misma que yo ignoraba antes de leerlo. El sonrió escuchándome,
me agradeció el homenaje con un movimiento breve de su cabeza y siguió
conversando sobre su trabajo en la Casa de las Américas donde coordinaba
el premio cubano de cuyo jurado formé parte aquel año.

 Vi a Mario muchas veces más. Se convirtió en amigo, en ser cercano, en uno
Çde esos privilegios que la vida nos depara con su misteriosa generosidad.
Y estuvo en Nicaragua durante la revolución, departiendo como solía hacerlo,
con una humildad dulce y verdadera que lo hacía ser aún más adorable,
porque uno sabía de quién se trataba y se maravillaba de ver aquel ser cuyo
nombre andaba de boca en boca en toda América Latina, comportándose
con esa sencillez; la sencillez que lo hacía ser precisamente el poeta que era,
un poeta transparente, sin ningún artificio, un ciudadano de la vida sin más
gloria que la de saber que su oficio era vivir y contarlo.
>
> Fui a visitarlo en Montevideo en 2008. Lo vi como una cascarita de nuez,
agrietado y frágil en el sillón donde me recibió en su casa. Ya estaba muy enfermo.
Ya había muerto Luz, su esposa, y la soledad y la tristeza rodeaban su intimidad
de pasajero que no terminaba de acomodarse ni en la vejez, ni en la proximidad
de la muerte. Sus ojos vivaces seguían brillando. Brillaban más, si es posible que
años atrás cuando andaba más vivo por la vida. Hablamos de poesía, de Nicaragua.
Me contó de su cansancio ingrato, pero también de sus proyectos, de los libros
que seguía escribiendo. Y lloré cuando partí, cuando la puerta de su apartamento
se cerró tras de mí y de Hortensia Campanella con quien fui a visitarlo.
Sabía que no lo vería ya más. Era evidente que se apagaba como un cirio que
llegaba al cabo a su último resplandor. Y que se apagara, la certeza de que
aquella palabra se diluiría en el tiempo y la lluvia, me llenó de tristeza y de inconformidad.
>
> Ahora Mario ha dejado ya su apartamento. No volverá a sus libros, a su
sillón cerca de la ventana. No escribirá más sus versos con mano temblorosa.
El hueco del espacio que ocupaba es una muesca doliente en el árbol de la
poesía viva de América Latina. Se ha marchado al cielo de los poetas y creo
que será uno de los que más se asomarán a las ventanas de la noche estrellada.
Tan quieto y dulce como era, tengo la seguridad que será de los que más extrañen
estar aquí, oír el sonido de los demás, captar el movimiento del sol sobre la acera,
el paso de las tardes, el rumor de las parejas en los parques, porque nadie como
él sabía hacer el silencio interior que se requiere para escuchar, para estar atento,
para captar el pálpito ajeno, ése que hacía que su poesía fuera tan nuestra, como
si la escribiera desde un corazón que prestaba a cada quién y devolvía con creces.



Mayo de 2009.

Emelina Pankhurst a los miembros de Gioconda Belli.

Qué prefieres: ¿El día o la noche? ¿el verde o el rojo? ¡Descubre quién eres realmente!

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